‘Django sin cadenas’: Un violento libro vaquero

Si algo ha dejado claro Quentin Tarantino a lo largo de su filmografía es que nunca ha pretendido descubrir el hilo negro. Su documentada cinefagia se plasma en cada cuado de sus películas y ‘Django sin cadenas’ (‘Django Unchained’, 2012), su nuevo trabajo, no es la excepción.

En el racista y sureño Estados Unidos de la preguerra Civil, el dentista King Schultz (Christoph Waltz haciendo de Hans Landa en plan buena onda) se desempeña de manera efectiva en el siempre difícil negocio de cazar recompensas. Para su siguiente objetivo necesita la ayuda de Django (Jamie Foxx), un esclavo que conoce los rostros de los criminales y que de manera gustosa acepta entrarle al negocio de dispararle a los blancos malvados. Pronto descubriremos que el único objetivo en la mente de nuestro improbable vaquero afroamericano es rescatar a su esposa Broomhilda (Kerry Washington) de las garras de su amo: el inefable Calvin Candie (Leonardo DiCaprio).

La riqueza de detalles, las miles de referencias cruzadas —el mito de Siegfried, Mad Max, Sam Peckinpah, Sergio Leone, Melvin Van Peebles, Shaft, Boss Nigger, el blaxploitation en general—, los litros de hemoglobina que saltan campantes y el estilo de Tarantino salvan a su más reciente película de ser un producto anodino, como esas secuelas que tuvo el ‘Django’ (1966) de Sergio Corbucci. De la cual Quentin toma el personaje principal y lo reimagina para colocarlo en un pedazo de historia reinventado, siguiendo lo planteado en ‘Bastardos sin gloria’ (‘Inglorious Basterds’, 2009).

Al igual que en sus anteriores trabajos, Tarantino sabe sacarle jugo a su elenco. Jamie Foxx quizá no sea lo más llamativo de la cinta —a excepción de ese traje azul de chauffeur—, pero adopta la actitud implacable del Django de Franco Nero y la parquedad de Burt Reynolds en ‘Navajo Joe’ (1966), también de Corbucci. Es efectivo más no memorable.

Son los actores secundarios quienes se roban la película. Además de la siempre bienvenida capacidad actoral de Waltz como el Dr. King, tenemos a Leonardo DiCaprio en su punto como Calvin Candie —un adicto a las peleas de negros y amplio conocedor de la inútil frenología— y, sobre ellos dos, a Samuel L. Jackson como Stephen —el negro más racista y blanco de todos, una figura clave para entender las intenciones raciales de Tarantino—. Los tres y sus inolvidables batallas verbales le dan sentido y sustancia a este cuento de vaqueros.

Django sin cadenas es el largometraje más gratuito —estructuralmente hablando— de Tarantino. Su autoimpuesta tarea de reimaginar la historia parece abrumarlo a ratos, como si no supiera cuál es la prioridad.

Él mismo declaró que todos los días escribía y reescribía el guión antes, mientras y después de filmar, actores fueron y vinieron, el primer corte tenía más de 4 horas de duración, las exigencias de los Weinstein por estrenar a tiempo. Si a eso le sumamos que su editora de toda la vida, la eficaz Sally Menke, falleció hace un par de años, da como resultado un extenso —a momentos ágil, a momentos pesado— y violento retrato de la esclavitud en el sur de Estados Unidos.

Quentin Tarantino es complaciente con su cine. Le gustan las películas violentas y ‘Django sin cadenas’ tiene ríos de sangre. Le gustan los diálogos inolvidables y esta cinta los incluye. Quería hacer un western alejado de los de John Ford y lo hizo. Quiere hacerte pasar un buen rato y lo consigue. De eso se trata la cruzada de Django, de nada más.

Publicado en Esto no es una reseña de El Financiero.

@1 year ago
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